martes, 22 de junio de 2010

Una Luz se levanta en el horizonte

Mira dentro de ti, porque todo está ahí. Ahí están los miedos y las osadías, las verdades y las mentiras, los blancos y los negros. Ahí estás las dualidades. Y la Unidad.

He empezado a descubrir algo nuevo para mí. Aún no lo veo claro, pero apunta bien. De momento es sólo una línea a seguir, otra línea a seguir para intentar llegar siempre al mismo lugar, al Centro.

Se llama simplicidad. O tal vez esencia. O quizás… quizás la mejor manera de describirlo sea en silencio, porque al menos todavía no puedo describirlo.

Ha sido buscando, siempre buscando, que he empezado a vislumbrarlo. Como siempre, leo, estudio, observo, medito, y dejo que me surjan relaciones al margen de la razón. Eran fractales y mandalas, armónicos musicales y resonancias, campos morfogenéticos y hologramas, ADN, Árbol de la Vida, rueda Zodiacal, andróginos, Dionisio, hexagramas, dameros, espejos,… Y todo eso me lleva a un punto (nunca mejor dicho): Hay un Uno, por llamarlo de alguna manera, que se repite con la ley más simple, y sólo eso. Incluso esa ley tan simple está implícita en ese Uno.

No estoy diciendo nada nuevo, lo sé. Lo nuevo es que empiezo a verlo, ahora de verdad. El proceso intelectual puro no sirve en sí mismo para nada, si sólo queda en eso. Y no hay fe que valga para nada si deriva de una imposición grabada a fuego de pequeño y nada más.

También en el proceso de asimilación hay que combinar, ¡cómo no!, de los dos polos. Los dos son necesarios, pero solos no sirven. La lámpara se enciende cuando se conectan los dos bornes de la pila.

Las ideas son semillas que hay que plantar, y después cuidar con esmero. Hay que regarlas, airear la tierra, incluso abonar con nutrientes adecuados. Y requieren luz, mucha luz, alternada con periodos de oscuridad, porque también hay procesos que necesitan oscuridad.

Llegado su momento, la semilla bien cuidada empezará a brotar, y de la profundidad de la tierra saldrá una frágil hojita que un día llegará a ser un árbol alto y fuerte, capaz de resistir los envites del viento.

Mi camino ha sido largo y retorcido. He tenido que ir a la complejidad para empezar a descubrir la simplicidad. He bajado a las profundidades para poder percibir las alturas. Quizás sea, por otra parte, el camino más normal, el que tenemos que recorrer la mayoría de los que estamos aquí y ahora para precisamente salir del aquí y el ahora. (Sobre mi mesa tengo como recuerdo un símbolo de ese paso, en el que quizás mi padre veía sólo un sacrificado que compró en “La Ciudad de la Paz”).

Sigo, pues, mi camino, mi aprendizaje sin fin, cada día con más ilusión. Sigamos cada uno nuestro camino, que cada uno tiene el suyo. Sólo te puedo ayudar contándote sobre el mío, tú sigue el tuyo, con confianza, con la mente abierta a aprender de todos y de todo, porque todo está ahí precisamente para eso, para que aprendamos. Sigamos, cada uno por su camino y todos juntos, porque es la única manera de avanzar.


Sigamos, juntos.

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