lunes, 26 de diciembre de 2011

Las Puertas del Tiempo

Cuando decidí hacer un pequeño trabajo sobre el solsticio de invierno, sabía que había un gran simbolismo en torno a  ese evento astronómico tan bien explicado por la ciencia de nuestros días.

Conocía de antemano muchos de los mitos que habían reflejado esos puntos solsticiales como hitos de máxima importancia en la vida del hombre, porque marcaban el comienzo y la mitad del ciclo de la Tierra alrededor del sol, o del Sol en su desplazamiento por el firmamento, como era percibido por nuestros antepasados.

Estudiar de nuevo esos símbolos me ha descubierto una serie de conexiones que me cuesta exponer en la plenitud que quisiera, quizás porque requieran una maduración mayor, quizás porque falten elementos en el puzle mental que se empieza a organizar, quizás porque haya mucho de imaginación en lo que vislumbro,… pero es que sólo la imaginación es capaz de llevarme a donde quiero ir. Aunque mi concepción de la imaginación es muy muy diferente a lo que es para muchos.

Como decía en el frontispicio de la Academia de Platón, “no entren por aquí quienes no sepan Geometría”. Pero como no es mi filosofía prohibir nada a nadie, sólo lo digo como observación, y pido respeto para quienes elijan otras formas de trabajo, todas igual de respetables, y tolerancia por los errores que pudiera introducir en esta primera y rápida versión de mi personal recopilación de ideas.
 

En el inicio de este camino (¡cómo no!) me encuentro con Jano, el dios romano bifronte. Aquí lo tenéis.

Jano tiene dos caras, una mirando al pasado y otra mirando al futuro. Considera lo pasado y su proyección en el futuro. Contempla lo ya sucedido igual que ve el futuro. Conoce el antes y el después, para actuar en el ahora.

Lleva la llave que abre el camino al conocimiento, a la vez que lleva el báculo para recorrer con fuerza ese sendero.

Simboliza el cambio, el inicio de una etapa tras el final de la anterior, la entrada en un nuevo ciclo. Es el eterno curso del tiempo, que vuelve sobre sí mismo una y otra vez, siempre el mismo y siempre diferente. Es la puerta al nuevo año, si consideramos el aspecto astronómico. Es Jano, o Ianus, que da nombre al mes de Ianuarius, traducido por Enero.

El cambio, el inicio y el fin, juntos. Quizás porque inicio y fin no son más que los dos caras de lo mismo; en su base, todo es cambio, movimiento cíclico y continuo. Vivimos en el presente, pero las caras de Jano se dirigen a todo aquello que parece llenar nuestro tiempo, lo que fue y lo que será. Sin embargo, el eje del mundo (o axis mundi) está entre ambos, en este instante aparentemente fugaz que nos hace movernos en la aparente dualidad que nos permite elegir, con la sabiduría de incorporar las experiencias pasadas a la visión del futuro.

En estas fechas del cambio invernal, el sol que cada mediodía se alzaba un poco menos sobre el horizonte permanece tres días saliendo por el mismo sitio, como si hubiese detenido su marcha, como si hubiese muerto en su recorrido celestial,… (Solsticio, Sol quieto). Pero al cabo de esas tres jornadas vuelve a moverse, cada día alcanza mayor altura sobre el horizonte, vuelve a la vida. Es la fiesta romana del Sol Invictus, del 22 al 25 de Diciembre.

Lo mismo, aunque al contrario, ocurre en el Solsticio de verano, cuando el sol alcanza su máxima presencia e inicia la etapa descendente hasta llegar de nuevo al otro punto de quietud en Diciembre.

Si representamos el ciclo anual como un círculo, y una línea horizontal lo parte en dos de izquierda a derecha (o de oeste a este), esta línea marcaría a la izquierda el inicio del ciclo (o semi-ciclo) ascendente (re-nacimiento de la luz), que comenzaría con el solsticio de invierno, mientras el punto de cruce la derecha marcaría el inicio del ciclo descendente (hacia la oscuridad), en el solsticio de verano. Cada una de estas fiestas está marcada precisamente por un San Juan (!) en la tradición cristiana posterior (Evangelista y Bautista, respectivamente).

Se dice que Jano mira hacia el este y hacia el oeste, los puntos de solsticio ascendente y el solsticio descendente astrológicos, actuando como observador y garante de la armonía del ciclo solar y del cosmos en general.

Pero esta misma idea puede representarse también en forma vertical.

Aquí, el sol inicia su ascenso desde el punto más profundo, más oscuro, hasta alcanzar el triunfo máximo en el solsticio de verano, máximo tiempo de luz. A partir de aquí inicia su decaimiento, su descenso de vuelta a las profundidades, de donde volverá a nacer siempre, en su nueva victoria simbólica de la luz sobre las tinieblas.

Esta forma de representarlo es más interesante, a mi entender. Más adelante volveremos a encontrarla.


El solsticio de verano se llamaba también Janus Infernalis, como puerta de entrada a lo inferior, y se asociaba a la entrada de las almas a la encarnación. No se consideraba, pues, la encarnación en este mundo como el paso a la vida, sino como la entrada al mundo inferior. Interesante alusión.

En estas fechas entramos en el reino de Cáncer, cuyo regente es la Luna, asociada a la oscuridad y la noche, pero también al alma y a toda la información acumulada en las sucesivas reencarnaciones.

Por otra parte, el solsticio de invierno se denominaba Janus Coeli, como puerta de acceso de las almas hacia niveles más elevados.

Es la época de Capricornio, cuyo regente, Saturno, era el encargado de segar con su guadaña la vida de los hombres. O liberarlos de las ataduras del plano físico y recoger los frutos de su labor. Por cierto, que se dice que fue Saturno quien otorgó a Jano la facultad de ver el pasado y el futuro, poniéndole en esa posición de privilegio.

Asociado a ambos acontecimientos solsticiales, Jano es el dios de los cambios y de las puertas, del principio y del fin, uniendo en su imagen y simbolismo ambos estados. Y esto último es aplicable tanto en sentido cronológico como en sentido más abstracto y genérico: el fin de todo es realmente el mismo principio de todo, es un regreso al origen, al Principio único sin tiempo.

De hecho, su nombre figuraba al principio de la lista antigua tradicional de los dioses romanos, como dios de dioses o Divom Deus, o como Principium Deorum o dios del Principio. Considero que  “Principio” es el término a destacar, por eso lo pongo con mayúscula.


Jano tenía tres nombres: Ianus, el sacerdotal; Quirinus, el profano; y Arkhanus o Arkhos, el iniciático.

El templo romano de Jano se denominaba de Jano Quirino, y era un cubo perfecto orientado con dos puertas que miraban al este y al oeste, con 12 columnas y mosaicos representativos de los signos zodiacales. Era, como decía la versión profana de Jano, no nos quedemos aquí, aunque no despreciemos desde luego nada en nuestro camino.

Quirinus comparte raíz con curia, co-virio, colectividad o conjunto de personas, ciudad, y Jano Quirino era honrado en la colina del Quirinal, la más de Roma, desde donde velaba por los ciudadanos romanos (llamados quirites, como hombres de paz, en contraposición a milites - componentes del ejército, soldados, asociados a Marte-). Es, pues, un dios protector de convivencia en paz.

El otro nombre a analizar de Jano es Arkhanus (oculto o misterioso), o Arkhos, que nos da una nueva visión de este símbolo que estamos estudiando.

Porque resulta que Principium en griego era Arkhé, de manera que la denominación iniciática de Jano es precisamente el mismo atributo de Principio, en su versión griega. Especialmente significativo, porque nos recuerda a nuestro “arco”, o “puerta” de entrada que hemos visto reiteradamente con anterioridad. Pero mucho más interesante si recordamos que αρχω (“arco” en caracteres latinos) se puede traducir por “el primero”, “el que sabe cómo”, una palabra que nos dará muchísimo juego para un nuevo trabajo ya en cocción.

Sólo una nota más al respecto. El Evangelio de San Juan comienza (principia) con: Εν αρχη ην ο Λογος (“En arkhé en o Logos”), una frase que ahora cobra un nuevo significado. Lo dejo aquí para quienes deseen desarrollarlo también por su parte.

Muy próximo a Jano está otra divinidad quizás menos conocida: Fanes, el dios inicial nacido del huevo cósmico. Su nombre en griego antiguo es Φανης, “luz”.

Representa la luz cósmica, mostrado en este bajorrelieve de la galería Estense de Módena como una figura hermafrodita, en pié, en el centro del óvalo (huevo) zodiacal, con la antorcha que permite avanzar en la oscuridad y el báculo de apoyo (además de otros símbolos…).

En la grafía original de Jano (Ιanus) está presente la idea de “axis mundi” que implica esta deidad, aún más clara en la de Fanes (Φανης), que nos recuerda una de las gráficas que planteábamos precisamente al inicio de este trabajo. También la imagen del bajorrelieve evoca esta idea. Curioso, cuanto menos.



Hemos encontrado en Jano un dios (un símbolo) que une el pasado y el futuro, que es hijo de Urano y de Hécate, del cielo y del infierno, de lo de arriba y de lo de abajo, que está en el principio de todo, en torno al cual gira el cosmos, que preside el cambio continuo y además todos los caminos, todas las puertas, que sin él no se puede llegar a donde moran los dioses… Porque además vigila por la paz y la convivencia, la colaboración, la libertad de elección en su múltiple visión. Visión y elección a la luz del conocimiento que hayamos asimilado en la iniciación o paso por la puerta abierta a todos…

Pero no debemos quedarnos en la simple imagen ni en la mera ceremonia iniciática. Ambos son símbolos, que revelan  algo que está detrás, que re-velan, que vuelven a velar, algo más profundo no explicable con palabras o razonamientos normales, pero accesibles al trabajo personal y constante de quienes busquen con sinceridad. La tierra da sus frutos a quienes la trabajan.

Mucho trabajo por hacer…

La verdadera sabiduría no reside en vanagloriarnos de los conocimientos acumulados, sino en reconocer que sólo tiene verdadero valor lo que hayamos asimilado en nuestro interior. Y eso siempre es muy poco frente a todo lo que nos queda por aprehender (algo más incluso que “aprender”).

Como la imagen de Jano, miremos al futuro aprovechando la experiencia del pasado, porque sólo así podremos vivir plena y sabiamente el presente. Despreciar algo siempre es sólo una prueba más de todo lo que nos queda por aprender.

Lo dicho, mucho trabajo por hacer…


“Los labios de la sabiduría permanecen cerrados, excepto para el oído capaz de comprender”.
                                                                                                                       El Kybalion.