miércoles, 17 de octubre de 2012

Apuntes de Construcción.


De vez en cuando creo que es bueno repasar los puntos básicos del trabajo, que el tiempo y la costumbre cubre poco a poco con un tenue velo y no nos deja ver con la claridad adecuada aquellos pilares fundamentales.
Y hoy se me ocurre retomar el símbolo del Templo, EL Símbolo para algunos, un símbolo de especial significancia en cualquier caso.
 
 
(Vista aérea de la Catedral de Sevilla)

No ríos, sino mares de tinta se han ocupado de él, pero siempre hay algo más que entrever, algo más que encontrar mirando atentamente. Y quiero compartir unos apuntes personales muy básicos de su construcción, recordando en todo momento que analizamos un símbolo, con lenguaje simbólico.
 
  
En una visión bastante sintética, podemos considerar tres facetas fundamentales que abarcan toda la “vida” del Templo:
1) En primer lugar está desde luego la idea misma del edificio, la sabia concepción de la obra, el diseño que debe presidir de principio a fin el trabajo de construcción.
El plan de la obra debe ser el que guíe el trabajo en todo momento. No valen improvisaciones que pudieran desvirtuar el proyecto o poner en riesgo su mejor resultado.
Todo debe adecuarse al plan, para que no deba ser derribado y en todo ello se pierda tiempo, esfuerzo y a veces entusiasmo.
Los participantes en la construcción deben aprender a leer los planos y esforzarse en entender su particular lenguaje para ejecutar cada una de las tareas necesarias correctamente. Nada ha quedado fuera de ese diseño del proyecto, y todo debe ser considerado con el máximo interés.
 
2) Seguidamente, y para la ejecución material de la obra, están las piedras y sillares que se ordenan y ajustan para sostener con fuerza la estructura naves, cruceros y bóvedas que coronarán la construcción.
Esos duros bloques de piedra deben ser tratados antes de ubicarse en su sitio, trabajando sus caras para que encajen lo más perfectamente posible en el lugar asignado. Siempre se puede requerir algún retoque posterior, afinando más y más en ese objetivo de perfección, y si finalmente alguna piedra no se encuentra  válida para un lugar determinado, seguro que es perfecta para otro diferente.
Nada sobra, aunque a veces cueste encontrar la ubicación más adecuada. Para evitar tensiones internas en la estructura que pongan en peligro la estabilidad de la obra, cada piedra debe prepararse de acuerdo tanto a sus formas de partida como a la posición que va a ocupar en el conjunto.
Porque si se amontonan las piedras sin un buen ajuste, rodarán y caerán, por más que nos empeñemos en sostenerlas a la fuerza en su sitio. A veces, como remplazo de la adecuada preparación, se recurre al uso de complicadas argamasas que rompen antes de fraguar, y se les cubre exteriormente con bonitas pinturas que oculten las peligrosas grietas que amenazan en su interior.
La obra bien hecha no necesita de grandes pegamientos ni de cubiertas que presenten una imagen diferente. Se sostiene por sí sola, apoyada en la firmeza de sus piedras y en su encaje justo y perfecto.
 
3) Finalmente, y como resultado del trabajo realizado, tenemos el bello espectáculo final de la obra, que se levanta majestuosa y serena, luciendo sus muros a la vista del espectador asombrado.
Las buenas piedras brillan por sí mismas, sin necesidad de capas de pintura o cubiertas artificiosas.
El final de la obra es este bello resultado, pero es una belleza y armonía que debe emanar directamente de sus piedras y su acople, no de lonas publicitarias que muestren al visitante una imagen ficticia de los elementos que lo constituyen, por muy “bonita y actual” que sea esa imagen. Que el viento se lleve esas lonas y deje a la vista lo que de verdad hay.
 
No me gustaría cubrir Notre Dame con modernos grafitis ni láminas de plástico. Yo opto por dejar esta “Morada Filosofal” tal y como está, limpiándola, manteniéndola, iluminándola quizás con modernos leds que no la deterioren y que nos permita ver mejor su belleza y su mensaje.
Opto por estudiarla y reinterpretarla, no por ocultarla o despreciarla sin haber sido capaz de aprovechar sus enseñanzas, sus verdaderas bellezas a los ojos del que sabe verlas.
(Vista general de la Notre Dame de París)

Opto por fijarme en los detalles y en su conjunto, porque hay mucho que ver en esas figuras de piedra, cada una en su sitio precisamente. Algunas, claro, de relleno, para satisfacción de quienes sólo ven lo que le han dicho que hay que ver. Otras, ya no tan “convencionales”.
(Detalle de la Catedral de Sevilla)
 
Pero aunque aún no pueda “leer” bien este libro de piedra, agradezco el esfuerzo a quienes trabajaron para dejarnos a la vista esta obra de auténtico Arte. Arte para los ojos, para la mente y para el espíritu, cuando conseguimos liberamos de absurdos prejuicios y somos realmente libres para Ver, Entender y Aprender.

La mayoría de nosotros seríamos incapaces de interpretar una fórmula de química orgánica, pero nos guardamos de calificarla de secreto o peligroso misterio, simplemente no la entendemos. Para el químico, sin embargo, está claramente a la vista qué representa. No se trata de misterio, sino de desconocimiento de la materia.

Y deberíamos ser muy cuidadosos si intentamos “arreglar” esa fachada de la Catedral y quitamos las viejas figuras, no sea que en nuestra ignorancia de la materia quitemos información relevante a los ojos de quien pueda aprovecharla.

Hay símbolos pequeños, como algunas de las figuras o los detalles que éstas portan en la fachada de la Catedral. Otros muy grandes, tanto que aunque nos sean familiares no están fácilmente a la vista (observa el techo en la vista aérea de la Catedral de Sevilla).
Y éstos son símbolos estáticos, porque dentro del Templo, de esta precisa distribución y arquitectura, se desarrollará después el símbolo vivo del rito. Pero eso es otra historia.
 
La sabia idea del proyecto, la fuerza material de sus piedras, la belleza natural del resultado de la obra,…
Pero en este rápido repaso del proyecto de Templo no podemos olvidar un elemento que suele quedar fuera de la consideración del visitante, del simple curioso. Porque detrás y antes de la construcción, detrás y antes de esa idea que parece ser el origen de la obra, siempre está el Arquitecto.
No todo está a la vista del turista que no es capaz de llevarse más que lo que puede recoger su moderna cámara digital. Y el Arquitecto, concebidor de la maravillosa obra, pasa generalmente inadvertido, como pasan inadvertidas las numerosas pistas que dejó en esos libros de piedra que siguen desafiantes, mostrando sus enseñanzas sólo al que consigue ver de la forma en que el zorro enseñó sabiamente al Principito.
Porque al final, recuerda, todo es una imagen, un símbolo, y el Templo que nos ocupa construir ahora usa una piedra de material muy diferente, quizás incluso más difícil de desbastar y ajustar. Todos empezamos a estudiar esta materia con el mayor interés, pero a veces el peso de los metales que no conseguimos dejar al borde del camino nos dificulta en el avance.
Los planos de este Templo son mucho más difíciles de entender que los de la arquitectura universitaria, porque aquí para aprobar el curso de ingreso hay que enfrentarse al más implacable enemigo: a uno mismo. Y muchos son los que empiezan el curso, pero muy pocos, muy muy pocos, los que pasan con éxito las verdaderas pruebas. Aunque casi todos se engañan presumiendo de llegar muy alto…¿dónde?.
 
Sigamos trabajando en la construcción de nuestro Templo, que es lo que se nos ha encomendado. Uno de los manuales de trabajo, uno de los muchos que hay, está a nuestro alcance visual, pero lejos de nuestro alcance real. El objetivo es el camino, el trabajo, y el texto está escrito, también, en libros de piedra.
 
Sigamos, juntos.