jueves, 20 de febrero de 2014

Un cuento sobre los maestros de la conducción (¿sólo?)


No dejo de sorprenderme de la cantidad de conductores que se consideran grandes maestros de la mecánica automovilística porque el simple hecho de llevar toda la vida con el mismo coche, y rechazan perder tiempo con libros de nuevas tecnologías del automóvil o probando conducir otros vehículos.

Cuando pasaron el examen del carnet creyeron que en adelante con la sola práctica de lo que habían aprendido en aquellas clases iniciales llegarían a ser grandes expertos, y dejaron de esforzarse en aprender e incluso se atrevieron a dar consejos a los que empezaban.

Sin embargo, se quejan de que el motor se le calienta demasiado, del desgaste excesivo del embrague o del consumo desmesurado de gasolina. La culpa, claro, es siempre de la mala mecánica, del estado de la carretera o del clima exterior, nunca de ellos mismos.

Los talleres se llenan con estos “buenos clientes”, pero también a veces las estadísticas de accidentes se ven trágicamente incrementadas con imprudencias tantos de estos “expertos” como de sus confiados e inocentes seguidores. Inocentes que dejan de serlo cuando pasado el tiempo no se preocupan en formarse por sí mismos, eligiendo seguir las manidas consignas de aquellos que simplemente empezaron antes, aunque nunca llegaran a aprender de verdad.

No tengo nada que enseñar, lo reconozco, pero puedo sugerir las ventajas que me ha reportado probar otros coches para aprender que cada uno tiene el embrague a una altura, e incluso otros no lo necesitan. Y todos van genial en cuanto te adaptas a ellos, sin empeñarte en que ellos se adapten a tu forma de conducir tu viejo coche.

O el mejor rendimiento de la mecánica que llevas cuando sabes algo sobre su funcionamiento interno, no sólo echarle gasolina y pisar el acelerador. Porque aunque la mayoría de los conductores que vemos por nuestras calles y carreteras se desenvuelvan sin estos conocimientos, creo que podríamos esforzarnos un poquito en hacerlo cada vez algo mejor. Por nuestra economía en talleres y gasolineras, y por nuestra seguridad personal y la de los que nos rodean. Si pensamos que podemos hacer con nuestro sufrido coche lo que nos plazca, obviamente no debemos caer en el error de condicionar el futuro de conductores que pudieran aprender todo aquello que quizás nosotros no hemos podido aprender.

Y todo esto sin olvidar que aunque estemos encantados con nuestro coche, lo cual es sin duda estupendo, hay muchas marcas en el mercado y cada una con muchos modelos, como debe ser para que cada uno encuentre la solución adecuada a sus necesidades. Porque el tamaño, la potencia, los complementos tecnológicos, etc., deben estar en función de nuestras necesidades particulares, y no hay un varemos general para determinar el mejor vehículo del mundo, sino el más adecuado para cada uno, algo que muchas veces obviamos en nuestra forma de hablar y actuar.

Por cierto, ¿hablamos sólo de conductores de coches...?. Yo al menos, desde luego que no.

Sigamos, juntos.